¡El señor me imploraba misericordia!
Lo tenía en frente, podía dispararle sin más, pero quería algo, algo que me llenara, que satisfaciera esta sed de sangre.
Tomé un bastón que estaba en el suelo, y lo golpeé salvajemente. No, lo golpeé con amor, tenía la intención de hacerle ver lo que venía luego, le quería dar una introducción al dolor, un...preludio.
Pero, pero, pero, era inevitable, mi corazón latía más y más, y, y quería más. Era como un acto sexual, quería más, sentir esa satisfacción. Hacer, y hacer. Era más lo que quería, tenía ese sentimiento en mi profundo interior, quería darme alivio, quería hacerlo, quería jalar el gatillo, quería más, quería todo eso, quería exactamente eso, quería todo ese dolor, quería escucharlo, quería sentirlo en mis manos, quería sentir la vibración del disparo en mis brazos, quería verlo, quería asesinarlo, quería descubrir ese nuevo mundo, quería provocarme, quería tentarme, quería destruirme disparando, quería que esa bala atravesara mi mente, quería que todo eso que pensaba se hiciera realidad, quería que todo fuera así, todo eso se volvería una orquesta de melódicos sentimientos que se escandalizaban por querer salir de mi cuerpo.
El hombre era mi salvación, él me gritaba que me liberara, esos gritos de dolor eran nada más invitaciones, sensaciones de valor, sus gritos no eran más que todo eso que había tenido en mi corazón, que ahora gritaban por salir de ahí, quería libertad, quería todo esa libertad.
Estaba harto de querer, quería actuar. Hacer todo lo que mi mente me injuriaba, porqué todo era así.
Era como la dulce venganza de mi persona con el mundo.
Era un desliz de sentimientos, todo se tornaba color de rosa. Era una alegría diferente, una forma de ver la vida de manera interesante, la vida estaba en mis manos. Pude darme cuenta que la vida es una tontería, una basura.
¡Vivir y dejar de sentir!
Traición.
Ese minuto en que te das cuenta que todo ha sido una traición. Mi cuerpo me traicionó. Mi mano me traicionó, mi vida me traicionó, la muerte me saludó. El gatillo se honró de tenerme en sus pensamientos. Cacofonías fueron las que escuché luego.
Las lágrimas abandonaron mi cuerpo en un intento de huir, como personas huyen de un barco que se hunde.
Un dolor insesante en mi cabeza, bailaba sobre mis pensamientos. La aguda acción del perpetrador no era más que la expresión del dolor.
Era la muerte quien me asesinó esa noche. Viví siendo patético, y así morí queriendo vivir.
lunes, 27 de agosto de 2012
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