domingo, 30 de septiembre de 2012

Suicidio no concebido.

Era un sonido.

Ese sonido me atrapó, me enamoró. Cuando lo escuché, de inmediato quise saber de donde provenía. No me importaba donde, pero tenía que encontrarlo. En ese momento de mi vida me sentí obligado a encontrar ese sonido, mi motivo de vida se sustituyó por un momento. Necesitaba, sí, necesitaba encontrar ese sonido.

Cuando me encontré en frente del castillo, solo quise entrar, porque quería ese sonido. Había mucha gente, súbditos del trabajo, esclavos de otros esclavos.

Pero era hermoso. Ese edificio. La ciudad, en medio, ese edificio. El sonido nacía ahí. Alto, alto, tanto que se escondía en las nubes su cima, como niño tímido que se esconde detrás de su mamá.

Caminaba en medio de la guerra, en medio de disparos, en medio de ataques, en medio de la desesperación, sobre la sangre, sobre mis pies temblorosos. No, ¿porqué temblaba?

El sonido me guiaba, me sentía bien en el fondo. En medio de tanto caos, ese sonido me guiaba, me había hecho su amigo, había depositado en una entidad abstracta mi confianza. Oh, dame la mano. No quería perderme, pero los demás sonidos eran imposibles de no escuchar, sin embargo, el sonido principal que me había motivado a entrar al castillo seguía ahí. No me importaba lo que me rodeaba, mi mente tenía dirigida su atención hacia ese sonido suave.

Seguí caminando, con un poco de sudor en mi rostro, seguía en mi misión. Ese sudor provocado por la tensión de la revuelta en medio del castillo, una revuelta que no me detuvo a dar los siguientes pasos.

Entonces aprecié lo que era una manera diferente de vivir. El alzarce era el argumento principal de esa nueva filosofía. Fue como una iluminación. Espera, era el sonido de nuevo. Ese sonido suave de nuevo me hizo enamorarme, me incitaba a buscarlo mosntrándome una nueva filosofía.

'Elevate' me decía. 'Tienes alas' me mentía, porque sé que no tengo alas. Pero algo me decía que confiara en su palabra porque era algo especial para mi persona. No hacerle caso era rechazarme a conocerme. Así, obedecí.

Pero me percaté que no sabía cómo volar. Sin embargo, el sonido se volvió más fuerte. En ese justo momento algo recorrió mi cuerpo, lo describiría como una chispa de energía, un momentáneo salto de propósito, un 'puedo hacerlo'. Dudé, tuve miedo de sentirme engañado, pero el sonido volvió a sonar fuerte en mi mente, fue algo como diciéndome 'Tú puedes', no podía negarme a escuchar las respuestas.

Solo respiré y cerré mis ojos, para luego borrar todos mis pensamientos. Pensamientos, dije, denme privacidad.

Cerrar mis ojos fue abrir la puerta a una multitud de gente furiosa. Solo vi la oscuridad, y se amotinaron contra mí. Ahora mis ideales me traicionaban, pero no, eso no me impidía cerrar los ojos. La fuerza centrífuga de las emociones estaba en contra mía.

Y la guerra acontecía, y los gritos se acumularon como dulce azúcar en una taza. La gente me gritaba pidiendo ayuda, querían deshacerse de sus pesadas armaduras.

Gritaban. Esas armaduras les dolían, eran pesadas. Los tenían equipados para defenserse de los demás ataques, pero se dieron cuenta que eso conllevaba cargar algo muy pesado. Los comprendía, no querían sentirse lastimados, mismo motivo que a su vez los obligaba a cargar esa armadura pesada. Es cierto, dije, es cierto, solo querrían correr libres sin temor a ser dañados, a que dañen sus cuerpos.

Me tomaban de las manos todos, querían algo. Sin embargo el sonido disminuyó, diciéndome que los ignorara. No era su tiempo, era mi crescendo.

Pero sus gritos de desesperación me entristecían, querían tirar las armas y abandonar sus armaduras que tanto pesaban. Algunos se desvanecían, otros solo tomaban mis manos pidiendome que les prestara un poco de mi vida.

'Escúchame'. Otros, 'háblame'; 'amáme'; 'quiéreme', 'dime quién soy', 'devuelveme lo que perdí'; me rogaban. 'Dame lo que merezco'; 'gritame que estoy mal'; 'reconoce que lo he hecho bien'; lloraban. 'No quiero perderme'; 'tengo miedo'; 'no me olvides'; 'yo también te necesito'; 'estoy confundido'; 'lo olvidé', 'Dame otra oportunidad'; '¡Regalame ilusiones verdaderas!'. Me rodeaban con sus súplicas, querían mis respuestas.

Sin embargo, el sonido me decía que los ignorara, ellos se equivocaron ahora y tendrán que sufrir las consecuencias de ser ellos mismos. Quería abrir mis ojos y verlos, pero eso sería denigrarlos. Verlos por pena.

De pronto, como una señal que lo estaba haciendo bien, el sonido comenzó a escucharse más claramente, me di cuenta que era un canto, pero de una niña. No la veía, pero la escuchaba.

'Viva la melodía, recordemos que la Felicidad está en la nada' Decía aquella señorita con su canto. Quería abrir mis ojos. 'Está en la nada, recuerda' contestó. Respondió a una pregunta inexistente.

'Si no puedes verme, pero me escuchas, estás feliz de todo. La felicidad está en la nada'

Fue cuando aquellas sensaciones de súplica se callaron. ¿Qué pasó con ellos? No sentía sus manos sobre las mías.

'Todos somos nada. Volvamos a la nada' cantaba. Luego sentí una mano pequeña y suave en mi mano derecha. Quería abrir mis ojos y verlo, pero dicen que lo mejor del mundo no se ve, se siente.

Me agitaba la mano, la niña se divertía abrazando mi brazo. Escuchaba sus risas, estaba alegre  y no paraba de cantar. 'Dejate caer' cantaba, 'Reduce tu vida a una pizca de gracia'.

Comencé a oler unas flores. El aroma de la alegría, vino a mi mente sin querer.

'Aplaude, tu existencia es nada ahora.' Y entonces escuché unos aplausos. 'Todos en coro, canta' Y canté.

'La felicidad está en la nada, dame la nada' canté junto a aquella señorita.

Cuán glorioso me sentí en ese momento. Las lágrimas brotaron solas, solas ellas solas.

'Tu corazón debe ser nada' decía aquel coro. 'Tu corazón debe ser nada' canté, 'Que todo sea nada en sus vidas'

Un acto, potencia, ser. Adjudicar cualidades, yo era, ella era. Nosotros éramos nada, no, la nada es la nada...Nosotros eramos.

'Canta y desvanece tus heridas. Dejame poner tu mano sobre tu corazón' decía la niña. Y me dejé.

Podía sentir como todos esos males de mi cuerpo y mente me abandonaban. Todo era una gloriosa nada. Todo se volvía nada.

Mis latidos se volvían nada. Eran nada, no, eran un simple eran.

¡Era un ángel! Aquella niña...¡Era un ángel! Escuchaba su canto y me relajaba.

'Mata tu sufrimiente para vivir la vida'. ¡Eso haré!

'No eres tú' ...

'Muere'...Espera.

'Es lo último de ti' ...No.

'No abras los ojos y convierte tu odio en todo, para darle lugar a la felicidad en la nada' No.

'Dejate caer' ¡No!

Me agité mucho, me solté de ella, abrí los ojos y miré las nubes. Era la cima de un edificio.

Y era como si Nada había pasado.

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